Diversión Vs Descanso: discordia entre balcones

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El ingenio en pos de la distracción ha llegado a límites insospechados durante la cuarentena por la pandemia del coronavirus. Pasado un mes, era de esperar que llegara el punto de inflexión entre lo permitido y lo excesivo… porque los balcones se han convertido en escenarios de directos, los ocasos en noches de conciertos, las terrazas en puntos de comunicación global con gritos y bucios (sí, las caracolas de los canarios) a distancia, las fachadas de edificios en pantallas de proyección… por haber ha habido hasta barrios con ‘fiestas de las pelucas’.

El debate social está abierto y sigue sin ser solucionado: ¿Cuál es el límite? ¿Qué esta permitido y que no, teniendo en cuenta que tus acciones en libertad no deben limitar la libertad de los demás? ¿Es una cuestión de normativa o de civismo? ¿Quién da réplica a esta desavenencia vecinal?

Difícil respuesta cuando hasta las Fuerzas de Seguridad, en su afán de servicio social, han sido participes de la confusión. Y no es que lo diga el redactor, lo dice un decreto que ha tenido que ser recordado en estos días en todo el ámbito estatal, en base a las normas aplicadas con el estado de alarma el 14 de marzo, en el que se limita la acción de los agentes: «Las policías locales no deberán participar en pasacalles o felicitaciones de cumpleaños, situaciones que, por otro lado, detraerían efectivos de las tareas de administración de la seguridad esenciales en el estado de alarma”.

Mientras, los residentes de pueblos, barrios, cascos urbanos de La Palma llenan los grupos de Whatssapp de reproches, a favor de la necesaria diversión en tiempos de confinamiento, y a favor de la necesaria tranquilidad en tiempos de confinamiento. En algunos sitios ha ido desapareciendo la euforia inicial del ‘todos al balcón’; sin embargo, en otros pueblos de la Isla según pasan los días y se recupera la confianza, casi inmunes a las cifras desoladoras de la pandemia, se reproducen cada vez más fiestas y momentos de “dalo todo” en la terraza.

No es solo un debate que se base en lo sentimental, en la moralidad de cada cual respecto al dolor del que ha perdido a un ser querido. La clave del debate está abierta en la idea de confrontar dos realidades antagónicas: estar de fiesta o de jolgorio como parte de nuestra necesidad vital de socializar, mientras se producen contagios y fallecimientos por coronavirus con la correspondiente tragedia social que ello conlleva. Pero también, en la base legal de los derechos individuales, de la confrontación de dos en concreto: el derecho al descanso y el derecho a la diversión.

Derecho al descanso

El razonamiento de los que defienden el estado de tranquilidad, se basa principalmente en la necesidad de no interrumpir el descanso de los que aun siguen laboralmente activos como pilares esenciales de la sociedad en estado de alarma. Esto es, los sanitarios que necesitan descansar tras largas jornadas de lucha en las trincheras, en primera linea de contagios; los agentes de las Fuerzas de Seguridad a los que sometemos a momentos de estrés que consideran innecesario, los dependientes de establecimientos de alimentación y transportistas que desde que madruga deben ocupar sus puestos para mantener surtidos nuestras fuentes de alimentación… y así un largo etcétera de laborales.

Muchos de ellos llegan a casa justo antes de la hora del jolgorio en balcones y terrazas… solo piensan en higiene, familia y descanso, con la mente a saber dónde y tras haber visto a saber qué… Solo piénsalo… apoyar la cabeza en la almohada pensando “qué me voy a encontrar mañana”, mientras escuchas a través de la venta “La vida es un Carnaval” de Celia Cruz a todo meter en el barrio.

Se suma a esto el derecho de los posibles enfermos, sean o no de coronavirus, en estado de aislamiento domiciliario, a mantener un entorno acorde a su posible ansiedad y debilidad sentimental.

Incluso, sin motivo alguno, por simple preferencia individual. Vecinos que piensan que una cosa es asumir un sábado de fiesta, un cumpleaños esporádico y otra bien distinta que a las 21:00h cada día se arme la marimorena en tu barrio.

Derecho a la diversión

Los que defienden su derecho a airear sonrisas en los balcones, cantar hacia la calle, de hacer fiestas de disfraces colectivas, compartir música en terrazas y azoteas… hablan de una “situación excepcional»… que no es lo mismo que un ‘Estado de Excepción’. Para ello, apuntan, “es una cuestión de interés general, no de interés particular”.

Comparten que estos momentos de “expresión social” son compatibles con la paz social del barrio siempre que la música, por ejemplo, no sobrepase los decibelios permitidos, no sea en unas horas inapropiadamente establecidas, o que no sea por espacios que se alarguen en el tiempo.
Explican que todos los que permanecen confinados: adultos y niños, ancianos y jóvenes, familias diversas en su total extensión, “pasamos el día buscando rutinas, entreteniendo al que se aburre, trabajando el que puede, y limpiando sobre limpio…” Así, razonan la necesidad de “encontrar un escape”… Y resulta que, “el escape del que estamos disfrutando actualmente, es, a las 19;00 horas (20:00 horas en la Península), salir al balcón o a la ventana para rendir sentido homenaje a los héroes de nuestra sociedad, mediante un sincero y emotivo aplauso…”

Defienden el mismo derecho que ir de bares un sábado (que hubiesen estado abiertos hasta las 02:00h de no ser por el confinamiento) generando el mismo posible ruido durante un periodo concreto. Recuerdan que las acciones festivas en los balcones se hacen de común acuerdo entre vecinos y con equipos domésticos que no llegan más allá del propio barrio.

En tal sentido, más a nivel psicológico, incluso hablan de “algo a lo que nunca nos habíamos enfrentado”, por ello, preguntan: ¿no es lógico reducir la carga emocional que conlleva el confinamiento?… en resumen, de reducir el drama compartiendo momentos de alegría.

Expuesto el asunto… La conclusión subjetiva sobre quién lleva razón en esta divergencia social, queda en manos del lector.

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