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Lo que se aprende en una murga: humor, crítica y familia en el carnaval canario

En muchos pueblos de Canarias, el carnaval no empieza con el disfraz puesto, sino mucho antes. Empieza de noche, en un local, con gente que llega del trabajo, meriendas improvisadas sobre una mesa y una mezcla de risas, cansancio y nervios.

Ahí, en esos ensayos, es donde nacen las murgas y empieza el carnaval.

Mucho más que cantar disfrazados

Desde fuera, una murga puede parecer solo un grupo de personas disfrazadas que cantan letras graciosas. Pero quien ha pasado por un local de ensayo sabe que es bastante más que eso.

En una murga se aprende a escuchar al de al lado para entrar a tiempo, aceptar correcciones sin tomárselas como algo personal, comprometerse con un grupo (ensayos, horarios, actuaciones), convivir con gente de distintas edades, barrios y maneras de ver la vida, hablar en público sin morirse de vergüenza.

Para muchos niños y niñas, la murga es su primera escuela de escenario. Y para muchos adultos, es el espacio donde desconectan del día a día… trabajando en equipo.

Humor que viene con mensaje

Las murgas cumplen una función que en Canarias todo el mundo entiende: son crónica cantada del año.

En sus letras caben:

  • la política local y nacional,
  • el precio de la compra,
  • la sanidad,
  • las obras que no terminan,
  • el barco, el avión, las colas,
  • los chismes que se comentan en la calle.

El humor no es solo chiste fácil: es una forma de ponerle música a lo que preocupa, de decir cosas serias sin perder la risa. Muchas veces, la murga se permite cantar lo que mucha gente piensa y comenta en voz baja.

Ese rato de actuación en carnaval es también un ejercicio de libertad: se critica, se ironiza, se exagera, se juega con lo que ha pasado durante el año. Y el público, que conoce perfectamente las referencias, entiende cada guiño.

Una tradición compartida… con matices en cada isla

En Canarias, el mundo murguero tiene sus matices según la isla:

  • En lugares como Tenerife o Gran Canaria, las murgas mueven grandes concursos, estructuras muy potentes, decenas de grupos y un nivel de exigencia enorme.
  • En islas como La Palma, el movimiento puede ser más pequeño en número, pero el espíritu es el mismo: disfraz, crítica, música, y esa sensación de que durante un rato el pueblo se ríe de sí mismo.

Las murgas de islas no capitalinas muchas veces se inspiran en el estilo de las grandes, pero adaptan letras, chistes y referencias a lo que pasa aquí, en su propio entorno. Ahí está la gracia: cada murga habla el idioma de su calle.

Lo que no se ve 

Cuando vemos una murga en el escenario, vemos apenas unos minutos de todo un invierno de trabajo.

Detrás hay personas que escriben letras y las reescriben mil veces, direcciones musicales que ajustan voces, entradas y arreglos, gente encargada de vestuario, maquillaje, escenografía, logística, rifas, lotería, bingos y patrocinios para poder costear telas, pinturas, transporte.

Hay noches de ensayo que acaban tardísimo, discusiones que se arreglan porque el grupo importa más, cansancio al día siguiente en el trabajo… y aun así, se vuelve al local.

Una murga es, en el fondo, un pequeño proyecto comunitario que se construye a base de tiempo regalado.

Lo que nos recuerdan las murgas cada carnaval

Cada carnaval, cuando suenan las primeras presentaciones murguera, Canarias entera entra en un código compartido: ya sabemos que va a haber risas, pullas, memoria y también reivindicación.

Las murgas nos recuerdan que:

  • se puede hacer crítica sin odio,
  • el humor es una forma muy seria de mirar la realidad,
  • y que el carnaval no es solo turismo y disfraces: es también identidad.

Mientras sigan existiendo locales de ensayo llenos en invierno, gente afinando de noche y voces que se juntan para cantar lo que otros apenas se atreven a decir, las murgas seguirán siendo una de las formas más vivas de contar Canarias.

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