Monólogo de Alsina: «Celaá llamó golpe militar a lo que sucede en Venezuela, pero encabezado por Guaidó»

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Venezuela. En puertas de otra jornada crítica. Los tres sonidos que resumen lo ocurrido ayer son estos. Juan Guaidó, presidente interino del país reconocido como tal por España, pidiendo la movilización popular para respaldar a las unidades militares que se han negado a cumplir más órdenes de Maduro.

El ministro al que encumbró Chávez como jefe de las Fuerzas Armadas, Vladimiro Padrino, proclamando que la mayoría del Ejército está con Maduro y amenazando con enviar los tanques al choque armado contra los militares que se han pasado a Guaidó.

Y la inquietud, el temor, la tensión y los incidentes en la calle. Con el país dividido, roto y arruinado.

¿Y el gobierno de España qué dice?

Pues lo menos posible.

La portavoz Celaá lo llama golpe militar. Pero quien lo encabeza, que es Guaidó, es el presidente legítimo al que el Estado español reconoce como único jefe del Estado. Eso aparte de que es uno de los dirigentes de Voluntad Popular, el partido de Leopoldo López que se define como socialdemócrata y forma parte de la Internacional Socialista.

La posición de Sánchez viene a ser ésta: Guaidó es el presidente legitimado para dirigir las Fuerzas Armadas, pero dado que, de facto, no las dirige, condenamos que una parte del Ejército se insubordine contra Maduro (al que Sánchez considera un presidente falso) y se ponga a las órdenes del presidente verdadero. En esto, qué quieren, tiene razónGaspar Llamazares. Si estás con Maduro, se entiende que digas que Guaidó es un golpista que quiere tumbar la democracia (eso es lo que dice, por ejemplo, Alberto Garzón, el más activo de los nostálgicos que quedan en España: nostálgico de Fidel, nostálgico de Chávez, nostálgico de la revolución bolchevique), pero si consideras a Maduro usurpador y a Guaidó presidente democrático, lo que tendrás que pedir es que las Fuerzas Armadas, empezando por el inefable ministro Padrino —qué gran nombre para un capo que le debe su carrera al chavismo— se pongan a las órdenes de la Asamblea Nacional porque carecen de legitimidad para usar las armas contra los sublevados contra el régimen autoritario.

Invocar la negociación, el diálogo, la convocatoria de elecciones presidenciales, es muy razonable, pero mientras Maduro sea, de hecho, quien ocupa el Palacio de Miraflores y obliga a cuadrarse a los jefes de los Ejércitos, habrá de tener presente el gobierno de aquí en todas sus manifestaciones públicas quién encarna el cambio necesario y quién la resistencia a perder los privilegios.

Seis meses han pasado. Esto sucedió aquí, en Más de Unoeste programa, el 22 de octubre del año pasado. Nos visitaba el secretario general del PP, número dos de Pablo Casado, Teodoro García Egea. Uno de los temas del día era Vox.

No sé qué es un partido de extrema derecha. Seis meses después, unas elecciones generales después, setenta escaños menos después, la dirección del Partido Popular ya sabe qué es la extrema derecha. Ya sabe que eso es Vox.

Pablo Casado emuló ayer, cristianamente, a su tocayo el de Tarso. Paulo el que se cayó del caballo. La primera medida que ha tomado el presidente del PP después del tortazo histórico que se pegó el domingo ha sido hacerse una enmienda a la totalidad a sí mismo. Diagnosticar como su principal error fiarlo todo al ‘echemos a Sánchez’, el okupa, el felón, el cómplice de los golpistas (todo aquello) y evitar la confrontación con sus dos competidores más próximos: Vox por la derecha y Ciudadanos por la izquierda (por la izquierda del PP, que en Ciudadanos se parece cada vez a la derecha y punto).

La derechita cobarde le ha perdido el miedo a los godos envalentonados.

Casado sostiene ahora que se equivocó al buscar la empatía con Vox (tan cercanos en muchos postulados, tan homologables como para formar parte de un gobierno conjunto) en lugar de ir al choque, a marcar diferencias, a bajarles los humos. Incluso cuando salió Casado en campaña a reprocharle a Abascal que llamara al PP cobarde lo hizo como pidiendo disculpas. Tratando a Abascal como un profeta temible.Ahora que ya sabe cuántos escaños tiene, 42 menos que el PP, le recuerda que ha estado veinte años viviendo del partido.

Casado contra Abascal sin coqueteos. La verdad es que, antes y durante la campaña, el diagnóstico aquel de que le convenía al PP no ir al choque frontal con Don Caballo, digo Don Pelayo. Aquel era el diagnóstico no sólo de Casado, sólo que él es el único que admite que se coló. Intentar desacreditar a Vox daba alas a Abascal e incomodaba a nuestros propios votantes. Tratémosle con guante de seda y no nos escandalicemos por las cosas que plantean. El resultado fue que Vox breaba al PP mientras el PP daba a entender que tenía razón al hacerlo.

El cambio de discurso presenta algunos problemas, más allá de la obviedad de que es —e nuevo— cálculo para paliar los daños.

• El primero es que ahora ya puede afirmarse que Casado, en efecto, pactó con la extrema derecha el gobierno de Andalucía. Ya no es que lo diga Susana Díaz, es que lo dice él. No consta, por cierto, que lo digaMoreno Bonilla.

• La segunda es que los candidatos a los que escogió Casado para disputar las elecciones en Madrid se quedan ahora fuera de juego. Sus méritos, hace tres meses, eran ser duros, combativos, desacomplejados (era la forma de decir que eran lo más parecido a Vox que se podía encontrar en el PP) y ahora habrán de predicar el evangelio del centrismo.

Y entretanto, es Ciudadanos —el partido al que se le suponía mayor deterioro por tolerar a la extrema derecha como socio necesario en Andalucía— es Ciudadanos quien sale de las elecciones crecido y disfrutando de la cosecha obtenida por su viaje del centro a la derecha.

La manifestación de Colón parecía una idea formidable —elecciones ya, elecciones ya, con los predicadores más afines jaleando a Abascal y a Casado— pero el tiempo ha demostrado que no lo fue. Para el PP, se entiende, cuyo panorama es ahora más oscuro que el último capítulo de Juego de tronos.

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