Tras un terrible: “Ella no tiene razón; la víctima soy yo”

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Con 16 años me enfrenté a mi padre. No lo escondo, no me avergüenza… volvería a hacerlo. Sí, hoy es un señor mayor que muchos pueden ver en mi pueblo, 20 años alejado de su familia, sin el respeto ni el cariño de sus hijos. ¿La causa? la violencia de género, la violencia machista, la violencia doméstica… llámenla como quieran. Mi padre era el mejor para algunos en la calle y un maltratador bajo su techo, incluso pese a que la víctima no podía siquiera defenderse. Podríamos llorar juntos si te contara lo vivido en aquella infancia. Me alivio pensando que fue tan difícil como la de muchos más de mi época.

Aquel día me sentí mayor y con fuerzas. Había visto mucho ya. Se acabó el abuso a una madre discapacitada. Ni un contacto más. Tras decirle, “a partir de ahora me tendrás que pegar a mí”, se dio cuenta; aquella ya no era su casa. Realmente nunca lo fue.

Mi madre (que también se cobró injustamente las consecuencias de ese infierno personal con la parte más indefensa de la casa), por fin, poco tiempo después de sentir que ya no estaba sola con tres menores, pudo soltar ese liberador: “Quiero que te vayas de la casa, quiero separarme”. Lo hizo después de pensarlo muchas veces, de arrepentirse, de volver a intentarlo, de perdonarle, de sentirse culpable por el qué dirán…

Pero el calvario no quedó ahí. La reacción social, incluso en el seno de la familia materna, fue de esas que te hacen pensar “¿qué demonios le pasa a la gente?”… en algunas conversaciones, poco menos que mi madre había abandonado a mi padre.

Antes de esa bendita decisión, el que suscribe, el hijo mayor, ya se había ido. Hubiera hecho lo mismo que hice si tuviera que volver a ese oscuro momento, porque gracias a eso, hoy mis hijos sí que son felices. Solo yo soporto las cicatrices sentimentales de aquella terrible infancia.

¿Por qué escribo sobre esto ahora? Porque con esa huella en mi pasado, hoy no tolero a las falsas víctimas políticas, ni consiento (si está en mi mano) que un ‘machirulo’ acobarde, acose o maltrate a un mujer, por mucho que la justicia no vea indicios suficientes para mantener una causa abierta o para confirmar una orden de alejamiento solicitada por la víctima. El maltrato o la violencia de género no deben tener niveles de tolerancia, aunque la justicia sí se mida según nombres, siglas o posiciones… aunque en vez de VOX te llames IU.

Por eso hoy, pese a que me educaron en el machismo, lucho para no quedarme en la apariencia ni predicar que apoyo la causa feminista o la igualdad mientras actuó de forma distinta en la intimidad… Por eso hoy (hace unas semanas) he dicho ante el micrófono de Onda Cero que si VOX entra en el Cabildo de La Palma en las próximas elecciones locales, dejo de hablar en la radio para los palmeros. Pero advierto, a mí me da igual que se llame VOX o que se llame IU.

No se equivoca el medio de comunicación que publique la detención de un político con noche en el calabozo incluida por una denuncia confirmada de violencia de género efectuada por alguien tan coherente como una compañera de partido que llegó a ser candidata al Senado. Ella sabe lo que denuncia, conoce la Ley, conoce al autor del hecho y sabe las consecuencias. Aún así actuó: ¿Por qué?

La víctima no es el político, incluso pese a que el juzgado haya decidido el archivo provisional de las diligencias y negado la orden de alejamiento porque, en lo ocurrido aquella noche, no habían motivos o pruebas suficientes para ello o porque, quien sabe, la víctima (como en muchos otros casos) haya decidido retirar la denuncia (veáse noticia de Europapress de julio de 2018: El 70% de las sentencias absolutorias por violencia de género se deben a la retirada de las denuncias).

Es cierto que la Guardia Civil activa el protocolo en casos de violencia de género. Eso quiere decir que: “Eres víctima de violencia de género cuando seas objeto de actos de violencia física y/o psicológica, incluidas las agresiones a la libertad sexual, las amenazas, las coacciones o la privación arbitraria de libertad”. Son por esos motivos por los que se decide aplicar, a solicitud de la supuesta víctima, la orden de protección que incluye para asegurar de forma cautelar el distanciamiento. Más tarde el juzgado dirá si los hechos son o no suficientes para imputar un delito o la privación de libertad.

En el caso de que en estos días revoluciona la política insular, todo ha quedado, en principio, en una noche de calabozo, sin más consecuencias; al menos jurídicas. Pero, por qué el protagonista de la detención sigue sin decir qué ocurrió para que la denunciante decidiera escoger ese camino.

Al contrario, lo que ha hecho es victimizarse ante los medios con una rueda de prensa para salvaguardar su imagen política y su candidatura. Hasta el punto de recibir apoyos políticos de compañeros/as (sin atisbo de sospecha alguna) y amigos y amigas consejeros/as y concejales/as, todos ellos sin saber qué ocurrió aquella noche para que una mujer llamara a la guardia civil. Le bastó con su palabra para convencerlos.

Y todo ello, sin darse cuenta de que cuando uno niega lo ocurrido y el motivo de su noche en el calabozo, está insinuando, en otras palabras, un terrible: “Ella no tenía razón”. Incluso, da la impresión de que se siente víctima de una falsa denuncia.

Si es así, ¿por qué no lo dice? y permite a este medio de comunicación señalar otras posibles responsabilidades de lo ocurrido, en vez de cuestionar los motivos de la publicación.

Mientras espero respuesta… mi conciencia se pregunta: ¿Qué es peor, un intolerante machista que actúa contra la Ley de Violencia de Género (al que ves venir), o un falso tolerante con apariencias de feminista que abandera lo que no ejecuta (y que te sorprende indefenso)?