
La palmera Valeria Castro ha vuelto a subirse a un escenario después de casi dos meses de baja laboral por salud mental y agotamiento. Su regreso, el 8 de diciembre en el Auditorio Mar de Vigo, no fue solo una fecha en la agenda: es el cierre de un proceso de freno, cuidado y reparación que ella misma ha decidido contar en voz alta.
En medio de una carrera en pleno ascenso, con nominaciones a los Latin Grammy y una gira internacional, Valeria se atrevió a hacer algo poco habitual en la industria: parar. Después de una actuación fallida en televisión y de un duelo familiar, anunció una pausa para “recuperarse física y mentalmente”, se retiró de redes y canceló compromisos.
Hoy, esa pausa se ha convertido en un relato de resiliencia que la trae de vuelta, más frágil si hace falta, pero también más dueña de sus límites.
“Tengo derecho a una baja por salud mental”
En entrevistas recientes, Valeria ha explicado sin rodeos que lo suyo no fue un simple descanso creativo, sino una baja laboral por salud mental, certificada médicamente.
Durante esas semanas lejos del foco, habla de duelo por la muerte de su abuela, ansiedad y “ruido mental” acumulados tras meses de autoexigencia extrema y un ritmo de trabajo encadenado entre discos, gira y promoción, “sin parón ninguno”, que terminó por sobrepasarla.
No presenta la terapia como una solución mágica, pero sí como una parte importante del camino: psicóloga, apoyo de su entorno y trabajo vocal con una musicoterapeuta que le ha ayudado a reconciliarse con su propia voz.
La reaparición en Vigo y un regreso paso a paso
Su primer concierto tras la baja ha sido en Vigo, donde ella misma reconoce que llegó “más humana” después de haberse permitido frenar. En lugar de esconder lo ocurrido, ha optado por incorporarlo a la conversación: habla de ansiedad, de presión, de no poder con todo… y de aprender a escuchar su cuerpo antes de que se rompa del todo.
Al mismo tiempo, su equipo ha anunciado una gira en grandes recintos para 2026: arenas y pabellones en Madrid, Tenerife, Gran Canaria, Barcelona y otras ciudades, un salto enorme para una cantautora que siempre ha defendido la intimidad.
La paradoja es hermosa y dura a la vez: cuanto más crece su carrera, más nítido se vuelve su mensaje de freno, cuidado y vulnerabilidad.
El Premio Ondas y un discurso que también habló de La Palma
Su reaparición pública llegó unos días antes de Vigo, en el escenario del Gran Teatre del Liceu, al recoger el Premio Ondas 2025 a Fenómeno Musical del Año. Allí, con la emoción muy contenida, recordó que la voz “no es algo inerte que vive en la garganta”, sino que convive con lo que vivimos, con cómo nos tratamos y con los límites del cuerpo.
Se definió como “un cristalito” al que se le nota todo, y agradeció que se valore una forma de hacer música sin fingir fortaleza, desde la honestidad y sin prisa. También tuvo palabras para su tierra: dio las gracias a La Palma, “gente de heridas reconstruidas”, y dejó claro que esta mujer palmera “no va a ser menos”.
Para la isla, acostumbrada a levantarse una y otra vez tras el volcán, los incendios y tantas pérdidas, ver a una de sus voces más queridas hablar así de reconstrucción interior tiene una carga simbólica especial.
Resiliencia sin maquillaje
En sus últimas conversaciones públicas, como la entrevista en Cara C de LOS40, Valeria no presenta su vuelta como un “renacer perfecto”, sino como un proceso en marcha: habla de ataques de ansiedad, de la vorágine de la industria, de la presión de redes y de lo difícil que es encajar cuando solo querías hacer canciones. También dice que ahora trabaja en “herramientas para que su cabeza no le cuente cuentos”.
Su resiliencia no consiste en aguantarlo todo, sino en poner límites: aceptar que necesitaba parar, pedir ayuda profesional, volver poco a poco, con otra forma de estar en el escenario y usar el micrófono para recordar que la salud mental no es un lujo ni un tema menor.
Una vuelta que también abre camino a otros
Con solo 25 años, Valeria Castro se ha convertido, casi sin querer, en una de las caras que han puesto palabras a algo que muchos artistas y trabajadores viven en silencio: el derecho a parar cuando la mente y el cuerpo dicen basta.
Su regreso a los escenarios, después de casi dos meses de baja, no borra el dolor ni las dificultades, pero sí muestra algo importante: que se puede seguir, aunque sea más despacio; que se puede ser frágil y seguir creando; que se puede cuidar la voz cuidando primero a la persona.
Y en La Palma, donde su nombre suena con un cariño especial, su vuelta tiene un eco propio: el de una isla que se reconoce en esa mezcla de heridas y ganas de seguir adelante.